Los 24 chilangos del año

Hoy salió a la venta la revista Chilango de diciembre (en donde no aparece mi nota sobre Reactor 105, grr, aunque parece que eso será en enero), en la que publicaron una lista con los 24 defeños más chipocludos del 2004, sin ningún orden de importancia.



Ana Claudia Talancón.
Hugo Sánchez.
Paulina Rubio.
Carlos Loret de Mola.
Alfonso Cuarón.
Belem Guerrero.
Gael García Bernal.
Alejandro Soberón.
Guillermo Carro Blaizac.
Pineda y Covalín.
Rodrigo Prieto.
Medallistas paralímpicos (así lo escribieron ellos).
Adrián Fernández.
Enrique Olvera.
Julieta Venegas.
El periódico Récord.
Óscar e Iridia Salazar.
Carmen Aristegui.
Daniel Espinosa.
Lemon Films.
Brozo.
Ricardo Rosales.
Miguel Calderón.
El peje.

Vaya, parece que no conozco a ninguno de ellos en persona, bueno, sólo al periódico Récord. ¿Mi opinión? Sobran Paulina, Daniel Espinosa y Gael García. Y qué bueno que pusieron a Rodrigo Prieto, Julieta Venegas, Guillermo Carro, Ricardo Rosales y al periódico Récord. La sesión de fotos, increíble. Muy buen reportaje de portada.

Opinen.

Pensamiento microbuseril

Si de todas formas, uno termina construyendo su propia realidad, prescindiendo de la objetividad, ¿por qué no inventar un mundo auténticamente audaz, más allá de lo falso/malo y de lo cierto/bueno? ¿Qué diferencia esencial, cualitativa, puede existir entre el pequeño margen de "error" en el que nos movemos cotidianamente y ese rango generoso de diferencia que casi nadie (se) permite? ¿Por qué sólo unos cuantos se atreven a creer en lo inverosímil, en su voluntad de poder? Seres como Nietzsche o Dios deben estar fascinados con ellos, pero el montonal de personas con las que convivimos a diario en el transporte público los odian y los miran con azoro. ¿Lo han notado? Y luego terminan muertos de la risa alrededor de una hoguera. Que se vayan a la mierda, por feos, entrometidos y obtusos. Y nosotros, a lo nuestro. Siempre hay con quién.

In the mood for rest

Fragüemos una mezcla constituida por el The man who wold the world de David Bowie, una tarjeta del Pata Negra, las fotos de mi fiesta en el T Gallery, cincuenta pesos, el casete con la entrevista que le hice al Brujo Mayor, algunas canciones de Fangoria, una caguama, una base para cama matrimonial, el nuevo disco de U2, la grabación que hice con mi amiga Linda y el número telefónico de Hugo. Ensuciemos el resultado con un montón de arroz aceitoso e insípido y luego untémosle una generosa dosis de nostalgia flash forward. He ahí mi primer fin de semana en Ometusco, tranquilo y con un tono similar al de aquella película de Wong Kar Wai que tanto me afectó con su deseo pausado un tres de diciembre. Y de alguna manera, también anoche.

A hard day's lunch

Llegué al cajero y había una tarjeta de crédito adentro. "¿Desea realizar otra transacción?". Una tal Beatriz, que en estos momentos debe estar de muy mal humor, había olvidado retirarla. "No". Salí del cajero, tarjeta en mano, y grité su nombre para ver si la alcanzaba. Altavista e Insurgentes, ya se imaginarán. Una horda de oficinistas volteó a verme. Pero Beatriz no. Subí a la sucursal y me le acerqué a un ejecutivo. Lo que hizo fue destruir la tarjeta. "Oiga, pero mire, ahí dice que la Beatriz esa trabaja aquí atravesando la calle, en el Royal Holiday, vamos a buscarla y se la damos". No me peló. El volumen de mi voz se tornó aún más sonoro, todos voltearon a verme y al ver que no conseguiría nada ahí, salí echando humo. Regresé al cajero y le compré tiempo aire a mi Bobistar. Eso hace dos horas . Aún no tengo crédito. Llamé a servicio a clientes y el centroamericano que me "atendió" no pudo hacer nada. Por supuesto, me encendí. Todo esto en la fila del McDonalds de Plaza Inn, en el que, como siempre, había dos señoritas intentando atender a más de cincuenta personas, todas mirándome y escuchándome. Luego de 15 minutos formado y vociferando, llegó mi turno. "Su tarjeta de débito no pasa, señor". ¡Por Krishna, por Bafomet y por la Santísima Hostia! Volví al cajero, saqué dinero para comer (en otro sitio, claro) y me di cuenta de que me quedan dos peniques de saldo para el resto de la quincena. ¡No lo toleraré!

Pero eso no es todo: anoche ocurrió algo similar en esa cantinita acondesada llamada El Centenario ("no podemos cobrarle si consume menos de cien pesos". "¡pues no me cobre!") y más temprano, con la tipa de la inmobiliaria ("es que tenemos un montón de trabajo, luego vemos". "oiga, pero es que yo soy parte de ese montón de trabajo, ¡atiéndame!") y en la embajada española ("vuelva otro día, señor", "¡pero es que me dijeron que hoy mismo estaría mi pasaporte, yo tengo una vida, no puedo estar viniendo diario!"). ¿Por qué tiene uno que estar peleando con todo el mundo? ¿Será un castigo por no haber donado esa moneda de dos pesos a la tipa de la Cruz Roja que se subió esta mañana al micro? No cooperé porque me dio flojera sacar la moneda del bolsillo, la verdad. La pereza es un vicio que se paga caro, ahora lo sospecho. Terminé comiendo en Las delicias de la Chata, una fonda que está sobre Miguel Ángel de Quevedo, en donde se come muy rico y en la que suelo calmarme, ya que la Chata siempre está de buen humor y me saluda y todo. ¿Por qué no podemos ser todos como ella? ¿Donará ella a la Cruz Roja cada vez que se lo piden? ¿Qué hubiera hecho la Chata con la tarjeta de crédito de Beatriz? Cielos, ahora sé que debí haberle sacado todo el dinero para poder pagar todos los vodkas que puedan beberse mis amigos esta noche en el T Gallery. Quizá así, estaría yo de mejor humor. A saber.

¿Qué personaje de Jem and the Holograms eres tú? Pulsa aquí para descubrirlo.

Sobra decirlo y lo diré

Se agradecerá con creces la presencia de obsequios últiles para mi depto (plumeros, botes de pintura color hueso, velas, trapos para la cocina, revistero, cuadros, barniz, escobas, tijeras, muñequitas de porcelana para la vitrina, una vitrina...) en la fiesta / precopeo de open house que habrá de celebrarse A LAS NUEVE DE LA NOCHE en el T Gallery, a.k.a. Club Izcalli. De cualquier forma, si no llevan nada, seré feliz con su sola presencia.


Una escoba no estaría mal.

Encuesta

Para ustedes, ¿cuál es la mejor caricatura de tooodos los tiempos?

Plop

Locutor: ¡buenas tardes, amiga!, ¿qué broma quieres que le hagamos a tu hermano?

Tipa: ay, estoy bien nerviosa porque mi llamada entró al aire. Mira, quiero que le hablemos a mi hermano y que le digamos que mi papá me volvió a pegar. Ji, ji, ji. Él ya sabe que mi papá me pega, entonces yo creo que sí se lo va a creer, ji, ji, ji.

Locutor: ...

Compañera de trabajo número seis y yo: ¡plop!

Miren al usurpador, pulsar aquí

¡Dios guarde la hora!

Las diez cosas que jamás pensé que me harían falta

1. Una scotch brite. ¿O cómo diablos pensaba lavar los trastes? Un momento: ¿voy a lavar los trastes?

2. Un insecticida. Aunque sea para disimular el desagradable olor a encierro que tiene el departamento.

3. Focos. Imagínenme en la regadera, de noche, mientras un foco se funde. O bueno, mejor no lo hagan.

4. Bicarbonato de sodio. Quesque para que el refri no huela feo.

5. Aceite para cocinar. Pero ahora que alguien me explique cómo abrir el tapón de la botella de Oléico.

6. Destapa caños. A todo se acostumbra uno, menos a dejar de comer. Y a dejar de hacer mucho popó después de comer mucho.

7. Azúcar. Esto impide, sin embargo, que haga uso del cliché de clichés: ir con el vecino a pedirle una tacita de azúcar. Le pediré la tacita sola, al menos.

8. Cerillos. ¿O cómo diablos pensaba prender la estufa? Un momento: ¿pienso usarla?

9. Clavos. Para colgar el sinfín de cuadros que ocultarán las manchas de la pared.

10. Un gatito. Pero no importa, ya encontré uno que es muy juguetón y al que no tengo que alimentar.


Vamos a ver... ¿De verdad me hará falta la cosa esa para limpiar excusados?