Los protagonistas de mi fin de semana en Aguascalientes


Mi hermano, que duerme con un paliacate en la cabeza.


Ana Isabel, que habla en francés cuando se pone borracha.


Irene, quien pasó de oficinista a empresaria, así nomás.


Gina y Óscar, con quienes hice pipí frente al templo de San José.


Alba, que es DJ en la calle de Rayón a las mil de la mañana.


Mi hermana, que no le teme a los magueyes.


Diego, que está igualito, pero con los ojos más grandes.


Liliana, que sabe decir algunas frases en hebreo.


Mi papá, que prefiere el ABC que El País.


Mi mamá, que los domingos desayuna en pijama.


Jesús, que en el templo de la Asunción luce más zombi que en ningún otro sitio.

(Ash, odio no haberle tomado fotos a Mónica Zárate.)

כן

Manhattan




























Todo en un día

Tengo más recuerdos que en mil años de vida, como Baudelaire. Sólo que, en mi caso, por cada recuerdo existen 77 pendientes sin emprender o terminar. Y, aunque estos lucen como murallas, yo los pienso más como peldaños que, además, siempre termino escalando. Para mí no existe otra opción: sólo así he logrado ejercitarme lo suficiente como para que mis recesos no duren más de una tarde, un fin de semana acaso. En días como este, me entran ganas de enterrar mi imaginación y mis recuerdos, como Rimbaud. Y también mi Moleskine roja.

הארץ

Esos otros amigos

Los que casi nunca veo y probablemente no conozcan ni mi segundo apellido. Pero qué bien me entienden cuando en mi blog escribo que soy un trabajador de piedras ardiendo a la orilla de un río. Solemos toparnos en las mismas fiestas, como si viviéramos en un pueblo pequeñito. Y yo me pongo rojo e impertinente, pero a ellos no parece importarles. Incluso les da gusto estar conmigo, como aquella tarde en la UNAM, con Jodorowsky detrás. O esa noche en casa de Sara Brito, con Changorama al frente. Una de ellas me invitó una vez a su fiesta, y ahí estaba Llesi, por quien también siento una simpatía especial. Ambas son adorables, de manera axiomática. Otro me presentó a Astrud, La Buena Vida y Ellos; lo suyo no tiene nombre. ¿Y qué decir de Lorena? Conservo pocas fotos de ella, pero las que tengo me inspiran ternura y audacia. Confieso que a veces las veo sólo por el placer de recordar su sonrisa. Algo similar me pasa con Tamara y tantos otros. Tales amigos no han mordido el anzuelo, y eso me carga de esperanza. Pensarlos me refresca tanto como beberme una Cosaco en el Hayastán, o sonreirle a un rostro sin apellido en algún tugurio de mi subconciente. Quisiera verlos más.


Esta foto la tomé de aquí.

De verdad quiero ir a Mollina


Y después a Addis Abeba.

לא

Real del Monte, otra vez