עכשיו ופה

Un sueño

Esta madrugada, mientras Fortina rascaba incesante y ruidosamente la puerta de mi habitación, soñé que mi jefe me presentaba a un corrector de estilo que, a partir de ese momento, trabajaría con nosotros. Usaba lentes, era moreno y hablaba un poco de alemán. "No lo puedo creer, todos los correctores de estilo se parecen", le decía yo a mi jefe. Y entonces ambos lucían igual.

Ha llegado la hora de confesarlo

Hace como tres meses participé en este programa de televisión, cuando estuve en Tel Aviv. Gané mucho dinero, y luego lo perdí.


Pero la pasé bien :)

Mi fin de semana en imágenes








Ángel en el Pasaje América





Domingo con Dorian en Santa María La Ribera







El viernes fui a la conferencia de Alejandro Jodorowsky en la UNAM, y esto es lo que pasó


Mucha gente y un gran maguey. ¿Sí es un maguey?


¿Emos?, ¿lesbianas?, ¿punks? Alguien después me dijo: "son sólo pobres". Qué horrible comentario. A mí me dio ternura su bolsa de Sabritones. Ternura y antojo.


Conversaciones médicas y sentimentales sobre el zacate. No sobre el zacate, sino encima del zacate. Ay, creo que nunca había escrito la palabra 'zacate'.


Unos tenis que me gustaron. ¿O será que más bien me gustó la idea de fotografiarlos? Ahora que lo pienso, los tenis no tienen nada de especial. Bueno, la foto tampoco.


Risillas malvadas sobre y encima del zacate.

אין לי הרבה דברים בבית שלי

אבל יש לי חלון גדולה בסלון

Yo quiero ser Jorge Pedro, y ya

Hoy, después de casi una hora y media de tráfico, mi amigo número seis me preguntó sobre el período de mi vida que más extraño. Era una interrogante sencilla y directa, pero yo la repliqué a la usanza de esos analistas políticos que salen en la tele: dándole vueltas al tema con habilidad antes de responder con una idea concreta. Al final, Gerardo debió quedarse con la impresión de que siento lástima por mi pasado, o algo así, pues le dije cosas como: "Siempre me he sentido aparte", "casi nunca estuve cómodo con mis circunstancias" y "yo no era alguien libre, tenía miedo y vivía escondido". Me refería a mis años de educacion media, media superior y superior. Pero ¿de verdad siento lástima por mi pasado? Para ser franco, haber vivido en Veracruz, y después en Aguascalienpeor, me marcó de manera definitiva. Significó una especie de retroceso (que no una involución) soleado y polvoso, pero también una prueba nublada y húmeda. De la pubertad a la adolescencia, del Opus Dei a la universidad pública y del miedo a la angustia, vaya cosas. Fueron años feítos, como si me hubiera tocado interpretar la vida de alguien más, y rodeado de un montón de personas que parecían vivir en el Neolítico. Sólo yo soy responsable de lo anterior, desde luego; pero igual no dejo de sentir un poquillo de amargura por aquel período. Hoy tengo muy claro que la parte más feliz de mi vida es la actual. Desde hace unos cinco años, me siento más yo. Esta mañana, por ejemplo, desperté lleno de entusiasmo y con ganas de escuchar canciones sesenteras de David Bowie en 5.1. Qué sensación tan refrescante y diáfana, tan de estos años míos. Yo quiero ser Jorge Pedro. Sin voltear atrás, y sin auscultar demasiado en el futuro. Tengo ganas de hacer todo lo que se me antoje. Me encanta la idea de sentir nostalgia por estos años, y sentirla desde ya.

Nostalgia, vocación y cognac


Es raro sentir nostalgia por una ciudad, especialmente si uno ha estado ahí pocos días. En mi caso, sólo siete. Por otra parte, Jerusalén es un lugar bastante común para recibir y ofrecer inspiración. Me imagino que aun a los turistas les pasa. Entonces, si digo que extraño Jerusalén, algunos pensarán que se trata de una pose (y tendrán algo de razón, de otra forma no lo compartiría en un blog); pero quienes han estado en la capital de Israel, no necesariamente de manera literal, entenderán a qué se refiere este sentimiento. A pesar de que Jerusalén no se distingue por ser una ciudad cómoda, se trata de un sitio atractivo por definición. Me refiero a la ciudad vieja, la que está dentro de las murallas. Pensar en las calles que conectan el barrio judío con el armenio, por ejemplo, me pone sentimental. Recuerdo bien la sensación que me produjo entrar en la iglesia de Santiago, con los calcetines húmedos por la nieve, y la garganta seca por tantas horas de silencio. O cuando estuve en el templo de San Marcos, en la misma zona, en donde presencié una misa en arameo y conocí una pintura ejecutada por Lucas, el evangelista, así como el verdadero emplazamiento de la última cena. Pero, sobre todo, tengo presentes los pensamientos que me asaltaron durante aquella celebración siria: "Podría quedarme aquí toda la vida", "¿y si mi verdadera vocación fuera esta?", "una religión no me basta, yo necesito practicarlas todas", "el cristianismo es hermoso", "si un rito no fuera atractivo, este no sería real", etcétera. Después de eso me dirigí a una taberna, muy cerca de la puerta de Jaffa, para escribir sobre la intensidad de estas ideas y beber un par de copitas de cognac armenio. De regreso al hospicio, mi mano derecha y mis músculos faciales estaban tensos por tanto escribir, sentir tanto frío y emitir tantas risas en solitario. Por Bafomet, ¿cómo no voy a sentir nostalgia por eso?