אני לא תלמיד, אני מורה

Fin de semana en La Punta, Jalisco






















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Más nostalgia

Esta vez por el centro de Aguascalientes. No quiero decir centro histórico o colonia centro, pues lo primero es tonto (¿por qué una zona de la ciudad sería más 'histórica' que otra?) y lo segundo le va mejor a una de esos sitios feos como Saltillo. El centro de la capital hidrocálida es impreciso y breve, como la carrera de Yadhira Carrillo. O mi propia vida allá. Nueve años no es tanto, pero sí. Cada vez que pienso en Aguascalientes, se abre un fólder lleno de documentos amarillos y frágiles, y me acuerdo del Sol y el ceño fruncido. Y creo que allá había una lupa que exageraba las dimensiones de todos esos problemones que aún no he resuelto. Yo no vivía en el centro, sino en una de esas colonias medio suburbanas y medio privilegiadas; ahí en donde poquísimas imágenes son verdaderamente retratables. Compartía la habitación con mi hermano, y tenía una grabadora en la que escuchaba como loco a Erasure y Oasis. Pero mi nostalgia hoy está en otro lado: en el centro, y sobre todo en la calle de Rivero y Gutiérrez. Qué feos su Sol y olores, pero qué bonita la Casa Terán. Cuánta tristeza me produce pensar en ese pequeño reducto cultural en el que rentaba películas para verlas en la videocasetera de mis papás. Asimismo, me pregunto por qué el tianguis del sábado por la mañana me pone así de melancólico. No he vuelto desde que compré ahí el Stage de David Bowie, o sea hace varios años. Extraño mis discos de vinilo, aunque no esa época. Anoche, con Dorian y Jaime, nos dimos cuenta de lo diferentes que son nuestras vidas ahora. Ni para bien ni para mal. Lo primero es tonto y lo segundo le va mejor a una de esas personas feas como Yadhira Carrillo.

Estas cosas sí pasan

Hace rato choqué con Arturo Anaya en la entrada del baño. Y yo ni en cuenta. Así que emití una disculpa fática, y nada más. Pero él sí me reconoció a mí. "¿Jorge?". Era una pregunta y también una exclamación. Volteé y me encontré con el Anaya de siempre, aunque con la cara más larga y vestido con un traje. Arturo fue mi mejor amigo durante la secundaria, cuando yo era católico y caótico; hace unos 14 años. Recuerdo que en 1995 formamos una 'empresa', de la cual obtuve mi primera ganancia en la vida: ¡un billetote de 50 pesos! Juntos buscábamos clientes entre los vecinos de Pulgas Pandas, en Aguascalientes, y les mandábamos a hacer contenedorcitos de basura con un balconero de la calle Larreategui. Él nunca le encontró sentido a estudiar, mucho menos a trabajar para otras personas. (Estoy hablando de Arturo, no del balconero.) Entonces, Julián y yo discutíamos con él sobre la universidad, el Opus Dei y los empleos bien pagados. Pero nunca lo convencimos de nada. En realidad, él era como el jefe de la pandilla. Y una vez le ayudamos a hacer una 'película', para la cual tuvimos que medio incendiar una casa en obra negra, también en Pulgas Pandas. Su camarita de video era algo menos que tierna, pero en aquel momento nos parecía súper profesional. Y los tres planeábamos vivir en Sacramento, California, cuando termináramos la secundaria. Abandonaríamos las casas de nuestros papás y la escuela, y trabajaríamos en cualquier sitio. Esquiaríamos en Lake Tahoe y tendríamos un montón de dulces en la sala. Todo esto era en serio, y yo odiaba que mi mamá se pusiera histérica cuando llegaba tarde a la casa, después de platicar por varias horas sobre nuestros planes, en el Sanborns de Torre Plaza Bosques. Una vez hasta nos compramos un casete de auto hipnosis, ahí mismo, el cual sería de gran utilidad para realizar nuestro proyecto de vida. Quién sabe por qué, pero al final nunca hicimos nada de eso. Bueno, él sí: una película de más de tres millones de dólares. Y justo por eso vino hoy a la editorial: para tener una junta de promoción en la que mi revista, según me adelantó, podría estar involucrada. Qué cosas. Y cuántos recuerdos. Ahora mismo, por ejemplo, pienso en nuestra aventura radiofónica de 1996, cuando le ayudábamos a Mónica Zárate a conducir un programa en el que yo me quedé, por cierto, hasta 2003. También me acuerdo bien de aquel viaje a Puerto Vallarta en donde nos robamos una lancha para meternos a mar abierto mientras sus papás y hermanos dormían. Qué ganas tengo de conversar con él sobre Sacramento y los empleos bien pagados. Estas cosas no pasan, ¿o sí?

בסדר

29 de marzo

Ese día estaré poniendo música en el Prana, en Guadalajara. Pronto, el flyer.

Vuelvo a decirlo: me urge este disco


¿Qué?, ¿nadie piensa regalármelo, o qué?

Chocolate y clasismo

Yo: "Hoy me puse el desodorante ese que huele a chocolate, y como que no me gustó".

Amigo número seis: "A mí tampoco me gustó, la verdad".

Yo: "Qué raro que hayan sacado un producto así. No sé, tal vez está dirigido a otro tipo de personas".

Amigo número seis: "Sí, a los que tienen la piel color chocolate".

Yo: "Bueno, yo iba a decir 'clase baja'".

Amigo número seis: "Pues por eso, es lo mismo".

Me choca que este tipo de publicidad nunca gane premios


Fotografiado en un vagón del metro de la línea dos.